Museo Nacional de Artes Visuales
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foto de obra

Retrato del Sr. Juan Carlos Muñoz

Autor: Carlos Federico Sáez (1878-1901)
Realizado: 1899
Técnica: Óleo
Soporte: Tela
Medidas: 50 x 61 cm

En nuestro medio, la Belle Epoque o Modernismo se reflejan en la producción de una "generación dorada", afrancesada en su mayoría y especialmente literaria. En ella se manifiestan las veleidades decorativas del nuevo gusto burgués confrontadas con una corriente intelectual de mayor rebeldía social, ambas con componentes también románticos. Este giro epocal tiene su correlato en la producción plástica. Algunos de los más destacados pintores modernistas en Uruguay, que viajaron y trajeron de Europa novedades representativas de ese cambio fueron Carlos Federico Sáez, Milo Beretta, Pedro Blanes Viale y , Carlos María Herrera, entre otros. Entre ellos el joven Sáez abrevó del vigor de un movimiento local como el de los llamados macchiaioli, una de las más prestigiosas tendencias en las postrimerías del siglo XIX. Sáez expresa esa influencia a través del manejo de la mancha, como lo manifiesta el retrato de Juan Carlos Muñoz. La mancha en Sáez compone. La obra, como casi todos sus retratos, está definida con rápidas pinceladas, dando la sensación de una pintura de acción. Hasta donde se tiene información, el artista no pintaba por encargo. En su mayoría sus retratos son modelos ocasionales, familia, amigos. El artista profundizó en Italia su amistad con la familia Muñoz, especialmente con Juan Carlos, compañero de salidas bohemias. Se fotografía con él y lo retrata en más de una ocasión. La obra que nos convoca muestra al modelo en una actitud displicente, con la mirada fija en el observador mientras exhibe su "mal de época", extenuado, sensación que el pintor acentúa a través del vacío flotante de su alrededor. No hay piso ni techo, no hay entorno, y si existe, está conformado por las pinceladas propias del artista, de color neutro. Sáez, cuya pintura se caracteriza como una factura de acción, define su modalidad pictórica ante un personaje que ostenta la poca importancia de ese registro: hasta sus manos parecen no asirse a nada. De ese modo, el artista logra conferir a los retratados la presencia de un yo y un momento de sus existencias irrepetible.


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